Una gota en el oceano.
Una gota en el océano.
Una nube en el cielo.
Una gota en la lluvia.
Una oruga en la hoja.
Una lombriz en el suelo.
Un grano de arena en el desierto.
Esa soy yo. Un ser minúsculo. Invisible. Pequeño. Transparente.
Soy a la que nunca verás en el metro, aunque me cruce en tu camino un millón de veces.
Da igual que camine cabizbaja o altiva.
Da igual que susurre o que grite.
Da igual que sea comedida o haga aspavientos con las manos.
Soy la que desapareció hace mucho tiempo. Aunque sigo aquí.
Sigo trabajando. Sigo comprando. Sigo respirando. Sigo viviendo.
Pero nadie me ve. Nadie me oye. Nadie siente mi presencia.
Todo ocurrió una mañana de domingo.
Me desperté, como siempre. Desayuné, como siempre. Me vestí y salí a comprar el periódico y el pan. Sí. Como siempre.
Pero no pude. El quiosquero no me reconoció y en la panadería tampoco.
Simplemente ocurrió. Dejaron de verme. De oírme.
En el trabajo me hablaban como si yo fuera otra persona.
- Soy yo. Soy Rosa.- No paraba de repetir.
- Si, ya, ya.- Y me ignoraban. Era toda la reacción que conseguía.
El primer día no le di importancia. Al fin y al cabo, era domingo. Y los domingos pasan cosas raras. Después del primer día de trabajo empecé a preocuparme.
Al cabo de tres días, comencé a asumir mi nueva situación preguntándome ¿Qué ha pasado? ¿Cómo he llegado aquí? ¿Cuánto tiempo va a durar esto? ¿Realmente quieres que termine?
Vuelve a ser domingo. Han pasado ya seis semanas. Estoy en la cama, despierta, pero mantengo los ojos cerrados. Hace mucho frío. La casa esta helada. Sé que es de día por la luz que entra en la zona superior de la persiana. El viento hace ruido al golpear contra ella. No se oye nada.
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